Tiene las ojeras del tamaño del fracaso
que lo asola y acompaña a cada paso que da;
el gesto, huraño y triste, algo cansado,
por los sueños descosidos que no sabe bordar.
Mira con las cuencas de los ojos -está vacío-,
y no consigo evitar que me estremezca,
porque contemplo que lo inunda un abismo
capaz de hacer que la ilusión desaparezca.
Luce unos hombros algo hundidos; encogidos;
la mirada (si es que mira) muy perdida;
la cabeza, agachada, viviendo del olvido;
y la respiración... bueno, no sé si respira.
Al final de cada brazo, hay negros muñones,
intuyo que por la sangre que ha derramado
defendiendo, en su momento, sus ilusiones;
intuyo, por su rostro, que jamás ha ganado.
Lo que antes fueron pulmones, ahora son bombas
de drenaje rápido de lágrimas y penas,
pero fallarían, si es que funcionaron solas,
porque hace mucho tiempo que se ahogó en ellas.
Apunto con el dedo al corazón. Se estremece,
y entiende de mi curiosidad por lo que guarda;
aparta un pedazo de piel y me lo ofrece:
es un amasijo de vísceras putrefactas.
La piel es de papel, hasta en eso lo detesto,
y el mustio de su cara solo se compara
con la angustia y la flema que bañan su pelo.
No lo conozco, pero su visión es macabra.
Ahora mismo es repugnante, os lo juro:
el papel de su piel se ha hecho otoño, y marchita,
el aire que desprende me ha hecho daño, seguro,
y, aun así, tiene algo; no aparto la vista.
Hay una masa informe en lugar de nariz,
y le falta una mejilla, por donde se ve
cómo lloran los ojos que no tiene al barniz
que cubriría los dientes que intenta esconder.
Ese monstruo me está poniendo enfermo y lo sabe,
incluso diría que me intenta sonreír,
alza despacio los labios y... ¡por dios, que pare!
No tiene labios ni lengua y trata de gemir.
No sé si está pidiendo ayuda o una muerte rápida,
pero semejante aberración no la merece;
la compasión es para quien deja la crisálida
y cambia, y él es un gusano que se retuerce.
Su estómago necrosado esboza una sonrisa
y, con los puntos mal dados, lo hace mejor
que este horrible engendro que tengo a la vista.
-"No es difícil". -Parece que me dé la razón.
Es como un espantapájaros malherido,
fruto del odio y el desprecio del que lo hizo;
parece un retrato caído en el olvido
sonriendo con boca torcida... Enfermizo.
Estoy sufriendo, pero no lo puedo evitar:
no aparto los ojos, y al cerrarlos sigue ahí.
La ira me corroe, lo voy a empujar;
me está afectando en serio: no puedo seguir.
Levanto el puño y golpeo sin pensar en el daño.
Se quedó en el mismo sitio, quebré su reflejo.
Me seco la sangre pronto en mi piel de otoño...
Supongo que odio los espejos.