domingo, 17 de febrero de 2019

Orquesta

Percuten con los dedos mi ánimo,
haciendo de este apagado púgil
una melodía en construcción.
Y el ritmo, como si fuera un sátiro,
se recrea con el cuerpo dúctil
que se ha rendido al compositor.

Tal vez no sean cuerdas vocales,
tal vez conduzcan al corazón.
Puede que se trate de un arpa cándida
que transcribe todas mis verdades
en las lágrimas de un cantautor,
pretendiendo regar otras ánimas.

Será por esta o cualquier razón
-quizá que mi paso es esporádico-,
que temo al ritmo como a mí mismo,
porque solo es cuestión de que el autor
busque uno de esos rubatos mágicos
y, otra vez, desboque mis latidos.

Tocar el cielo con los dedos

Estoy tocando el cielo con los dedos.
Respiro los graznidos de las gaviotas.
Siento el suave tacto del paso del tiempo
y me derrito entre tres o cuatro notas.

Apenas tomo conciencia del momento,
pues mis sentidos se van aletargando
y se dejan acunar entre el gorjeo
de las nubes y el calor que me están dando.

El cuerpo ya no pesa y mis miembros flotan.
En mi rostro se instaura una sonrisa:
me quedo donde el cielo y el mar se tocan,
donde nadie tiene recelo ni prisa.

Que venga a buscarme quien así lo quiera,
no sé ni yo si lo reconoceré.
Aquí donde todo acaba y empieza,
donde empiezo lo que nunca acabaré.

El silencio se hizo grande en tu nombre cabalga a lomos de un olvido al acecho y por un sendero de recuerdos y hambre anuncia burlón que ha ...