Percuten con los dedos mi ánimo,
haciendo de este apagado púgil
una melodía en construcción.
Y el ritmo, como si fuera un sátiro,
se recrea con el cuerpo dúctil
que se ha rendido al compositor.
Tal vez no sean cuerdas vocales,
tal vez conduzcan al corazón.
Puede que se trate de un arpa cándida
que transcribe todas mis verdades
en las lágrimas de un cantautor,
pretendiendo regar otras ánimas.
Será por esta o cualquier razón
-quizá que mi paso es esporádico-,
que temo al ritmo como a mí mismo,
porque solo es cuestión de que el autor
busque uno de esos rubatos mágicos
y, otra vez, desboque mis latidos.