Cuando te marchaste
te llevaste algo contigo.
No solo lloré yo,
sino también el viento;
también el fuego;
también las flores.
El día se hizo noche,
la luna se arrojó al vacío,
y la penumbra y el abismo
dieron paso al invierno.
Desolado y apático, el viento se apagó
y los gorriones ya no salen a cantar.
Destrozado y pálido, el fuego dejó de soplar
y ahora no hay corazón que no sea escarcha.
Desconsolado y mustio, el mar cesó su bramar
y ahora la espuma escribe descomposición en la orilla.
Y las flores
—¡Joder, las flores!—
muriéronse de pena al unísono.
Y la melodía reinante es un silencio
afilado y sanguinario cual febrero.
Un silencio que bailo a solas aquí dentro.
Un silencio que respiro mientras muero.