Vendo mis carencias al mejor postor.
Razón: donde vimos el corazón llorar;
donde sentimos las lágrimas latir;
donde apremia de noche la desolación.
Soy tendero de ilusiones descompuestas,
de sueños de cartón piedra y fracasos.
Soy traficante de excesos descarriados,
soy un buitre carroñero de almas muertas.
Tengo mi puesto al final de la calle,
al que, con sorna, te invito a venir.
Vendo historias: "la magia de cenar
cristales". Ven, anda, ven; deja que te falle.
Pongo la mejor de mis sonrisas
y me dispongo a atraer al público
mientras que en mi pecho late un pálpito:
"no se han dado cuenta con las prisas".
Con teatralidad los saludo
y me dispongo a enseñar mi puesto,
un puesto que ciertamente es pasto
de la desilusión de mi mundo.
Vendo desgracias con su nombre grabado,
y tengo grises de todos los colores;
frascos con esencia a rosas de alquitrán,
y forros de clavos para abandonados.
Ofrezco navajas que ya hicieron daño,
cartas de amor que nunca se escribieron;
cortes a medio hacer en tristes muñecas;
incluso lágrimas de mil ojos castaños.
Escopetas de feria que siempre fallan,
cinturones sin hebilla y mucho más,
para ver si entienden que los que les llena
vale lo mismo que lo que tengo: nada.
"Mercado de las palabras sordas",
así conocen aquí al lugar,
el paraíso de oídos necios;
desidia de las últimas olas.