Estoy tocando el cielo con los dedos.
Respiro los graznidos de las gaviotas.
Siento el suave tacto del paso del tiempo
y me derrito entre tres o cuatro notas.
Apenas tomo conciencia del momento,
pues mis sentidos se van aletargando
y se dejan acunar entre el gorjeo
de las nubes y el calor que me están dando.
El cuerpo ya no pesa y mis miembros flotan.
En mi rostro se instaura una sonrisa:
me quedo donde el cielo y el mar se tocan,
donde nadie tiene recelo ni prisa.
Que venga a buscarme quien así lo quiera,
no sé ni yo si lo reconoceré.
Aquí donde todo acaba y empieza,
donde empiezo lo que nunca acabaré.