Vivo enganchado a un segundero
que avanza y me golpea sin reparo.
Es cierto que aún resisto y que respiro,
pero mírame el cansancio en las heridas de las manos.
En mi soledad, mis galerías de silencio,
persigo un grito agónico de color cian,
recordando que de crío por amigos tenía cien
y ahora por más que busco no sé ni dónde están.
La calle mata, como el tiempo, como tú y yo.
Si pierdes el norte, la referencia, el sur,
recuérdalo siempre que puedas, si tienes ocasión:
todos sufrimos algún día, como yo o como tú.
Que me expliquen a qué viene, que me convenzan
de que la vida es nuestra muerte, que me esparzan
el día que me muera, pero como cadáver en la calle;
que aprecien la realidad y vean cómo despedaza.
¿Qué quedará el día que me marche
más que un recuerdo grisáceo y un cuerpo hecho escarcha?
¿Dónde quedarán las vidas de mi corcho?
¿Dónde quedarán todas las lágrimas?
Hace tiempo que me vi envuelto en esto.
Me hace gracia, y al tiempo que me río me desgasta.
Porque no sirvo para su mundo, y por más que grito,
¿qué me queda, aparte de dolor en la garganta?
Me estoy volviendo frío, huraño, áspero.
Quizás no exista y sea absurdo
(aunque, si no tuviera no sería el único),
pero si tengo alma, es de color grisáceo.