Hace tiempo que susurran los parques
que añoran el viento que los hizo crujir.
Hace tiempo que piden a gritos que vuelvas,
porque, si rechinaban, era por ti.
Hace tiempo que me preguntan las calles,
con su sonrisa de pintadas torcidas,
que si has muerto, que si acaso ya callas,
si no volverás por donde antes venías.
Las plazas vacías y las más llenas,
las aceras en cuesta y las más llanas,
los valles, las montañas y los llanos
protestan: del incendio eras las llamas.
Sus adoquines melancólicos son tuyos;
descansan aletargados y con miedo,
sin olvidar la huella que les dio vida,
por si acaso tu suelo fuera el cielo.
Crujen en morse las bicis, o eso creo,
porque me guiñan los faros al pasar;
resoplan con sus radios, se recrean,
soñando que las volverás a montar.
Hay trenes que parten con miedo a partir
de la estación y/o su corazón.
Todos tristes, no se quieren apartar
de los ojos que les dieron el color.
La megafonía suena triste últimamente,
cada parada que anuncia es un epitafio.
Sin ti recorre las vías sin sentido;
sin ti cada día circula más despacio.
No hay consuelo ya en los puestos
que te miraban al pasar.
No hay reflejo ya en los charcos,
ahora que saben que te vas.
Y los graffitis a medio pintar me lloran,
sabiendo que no hay alivio para ellos,
porque tus ojos no estarán para observar,
y, te lo juro, se desviven de celos.
Late quejumbroso el abono del bus,
agonizando por si acaso te vas.
De noche llora cada esquina que no ves,
Paula, porque eres el alma de la ciudad.
No conoce su noche oscuridad
capaz, ni por asomo, de hacerte sombra,
y, aun así, cada anochecer, en penumbra,
retumba un murmullo: "no me dejes sola".