Desabrocho las cadenas,
el cincho y cualquier pertrecho.
Caen con un ruido sordo
sobre un camastro desecho.
Y ni mi gris desnudez
ni mi cansada conciencia
retumban en este cuarto
como lo hace tu ausencia.
Vacío y más bien sincero
–desprovisto de disfraz–
caigo con aplomo al suelo
y reniego de la paz.
He perdido como siempre;
he perdido como nunca.
Reconozco las bravatas
que la vida ahora me trunca.
Con un romance apátrida
digiero la realidad:
soy mitad ingenuo y áspero;
igual que la otra mitad.
Me conozco, o eso digo,
pero esta vez no lo vi.
Resulta triste e irónico
que yo me apiade de mí.
Caí, sin darme ni cuenta,
en el engaño discreto
que es creerse uno libre
pero sentirse incompleto.
Y asumo que al ver tus fotos
algo me bulle en el pecho:
algo que funciona mal;
algo que late al acecho.
Mas mis versos se resisten
a que mienta una vez más
mientras sacan a la luz
lo que escondía detrás.
No es un romance apátrida,
no: espera santo y seña
para volver a su tierra;
para volver a su dueña.