Pero también me engaño
con la misma frecuencia,
y vuelvo al muelle sobre el que escupí
y jure desterrar
hasta el fin de mis días.
Soy animal cobarde;
velero a la deriva;
un náufrago en un mar de cristales.
Tan manso, tan inocuo
como las olas a las que me entrego.
Me abandono a la náusea;
al vaivén afilado,
porque, aunque me mate,
los dos sabemos que acabaré
encallando en tu puerta.
Una blanca tormenta arrecia y yo
—ya ves— recojo velas.