A unos treinta o cuarenta centímetros del suelo,
con un zapato suspendido y otro colgando,
se balanceaba el cadáver de Juan Sin Miedo.
Solo se escucha el graznido de algunos cuervos,
pues con la soga por corbata y el reloj parado,
los lametones del sol parecen lo de menos.
Lo jalearon sin piedad anoche en el pueblo,
creyendo que daría sepultura al tirano
entre efluvios del whisky y el vino casero.
Creyeron en él, hasta le besaban las manos,
y Juan sonreía, borracho pero sin miedo,
prometiendo sentenciar para siempre el pasado.
Allá que fue, con un fusil, apenas armado.
Lo recibieron catorce tiros en el pecho.
Lo recibieron y allí mismito lo dejaron.