Titila el agua dulcemente
y engulle el anzuelo con cariño.
Van ya unos dos mil veranos
y Javier conoce su río.
No pican mucho últimamente,
ni tampoco en el último año
pero se ha convertido en costumbre
y el viejo no incumple su pacto.
Casi yéndose, de repente,
algo le hace fruncir el ceño:
un jurel de lomo plateado
se ha encariñado con el cebo.
Javier tira de él impaciente,
y ya entre sus manos le hace un guiño.
Tampoco picaron este verano,
pero Javier ama su río.