Hay cuatro grajos entre mi ventana y el mar,
dos destellos grises brillando en el cristal,
el rumor de las olas que no quieren volver
y la orilla mirándolas con gesto gentil.
Han venido para recordarme con su canto
que he olvidado que mi alma es alada y no de cuarzo.
Yo les miro y replico, cordial pero elegante,
que fui el cóndor más bravo, pero ya no ejerzo.
Me dan la espalda en el alféizar y saltan juntos.
Al poco no son más que tres sonidos oscuros
que me abandonan peleándome con los cientos
de planes que ideé bajo cielos más claros.
Quiero creer que hay un lugar detrás de mis huesos,
o en un campo dorado, escondido entre el centeno.
Un hogar solo para los chicos perezosos;
un sitio para mí, aunque solo sea uno.