Me ha despertado una china en la ventana
y la sonrisa de Mario contemplándome.
Hay dos vecinas que tienden la colada
y el rumor sutil del tiempo entre los árboles.
Somos una historia de plazas y calles,
de pegarnos al no saber qué decir;
la historia que vivieron nuestras madres,
los sueños que vinieron desde París.
Pasan los años y nos miramos como
nos mostraron sin siquiera procurarlo;
apoyando en vuestros ojos nuestros ojos
pardos y sabiendo que somos hermanos.
Mientras pintamos batallas en el suelo,
las señoras vuelven con la compra a casa.
Abandonamos nuestro patio de juegos
y marchamos; ya ficharemos mañana.
Me queda una idea colgando en el aire:
decía Holden -Guardián entre el centeno-
eso de no cuenten nunca nada a nadie,
que, si lo hacen, los echarán de menos.